lunes, 8 de octubre de 2012

Cómo saber que quieres a una persona

Suena un poco cursi, y estaba dudando en publicarlo, pero, por cosas que pasan, allá va:

¿Y cómo saber que quieres a una persona? Igual me equivoco, pero:

Cuando eres capaz de renunciar a cosas grandes, a ilusiones nobles, por cosas mayores, por cosas suyas, por aspiraciones suyas, y que eso te haga sentir feliz.

Cuando permaneces fiel contra viento y marea.

Cuando su presencia te basta para sentirte acompañado, a gusto, completo, aunque no haya contacto visual, aunque no fluya la conversación, porque sabes que estás de acuerdo con lo que piensa.

Cuando puedes hablar durante horas, de todo, de cualquier cosa, sin cansarte.

Cuando sientes que su dicha te embarga, que se hace tuya, que te llena, cuando sus preocupaciones te quitan el sueño, y sus penas te oprimen el pecho.

Cuando eres capaz de perdonar esa perrería que te ha hecho, por no haberte tenido en cuenta, por ver su propia felicidad egoísta.

Cuando eres capaz de gritar de emoción cuando ha dado un gran paso, o consigue superar esa dificultad que le cohibía.

Cuando con una mirada te lo dices todo.

Cuando puedes pedir un favor con confianza, sin reparos, aunque sepas que le va a costar un montón.

Cuando estas dispuesto a levantarte antes que lo haga el sol para ir a escuchar lo que te tiene que decir.

Cuando a través de su persona eres capaz de descubrir el mundo, incluso lo que ya conocías.

Cuando puedes discutir, y gritar, y ceder.

Cuando conoces sus defectos, y los aceptas, o incluso, los quieres, porque son suyos, y le definen.

Cuando te llena de deseos de mejorar, de imitarle en sus puntos fuertes, te hace desear ser mejor persona y a superarte en tus debilidades adquiriendo virtudes.

Cuando estás dispuesto a ayudarle a superar las suyas.

Cuando te da un vuelco el corazón cuando sabes que os vais a ver.

Cuando te hace sentir que nunca estarás solo, y te ayuda a caminar hacia adelante.

¿Cómo saber que quieres, de verdad a alguien? Cuando eres capaz de esto, y mucho más. 

jueves, 4 de octubre de 2012

Esas cosas que pasan...

¡Seguro que ésto a muchos os suena! Hace ya un par de meses de esto. Primer día de vacaciones de una familia numerosa:

Esas cosas que pasan.
Maletas: la ropa, la chaqueta, la crema...

- ¡Ey! ¡Los bañadores! Jaja, casi nos los dejamos.
- ¿Habéis cogido los cepillos? Tú, Juan, coge sábanas.
- A ver, ¡dadme los cepillos! ¡Van en la maleta gris!
- Celia, ¡que mi ropa tiene que entrar en esa!
- Vale, no cabe, pues van en la azul.

Llegada al destino, horas después. Comida basura, calorazo, visita rápida al mar, peleas varias, algún que otro mordisco cariñoso, música a tope, elección de casa de las dos que necesitamos, y de cama, Misa en familia, cena rápida, y...

- Oye Celia, ¿y los cepillos?
- ¡Aquí no están!
- ¡Ni aquí!
- Van en la maleta gris.
- ¡No! que al final los metí en la azul.
- Pues no, ¡tampoco!
- ¿Cómo que no?
- No, ¡a que están en Madrid!
- Pues el mío era nuevo.
- Mirad otra vez, en un bolso o algo...
- Que no, ¡que están en Madrid!
- Pues nada hoy con el dedo, y con la pasta de la tía... ¡Qué desastre! Mañana compramos.
- Pues en casa hay para parar un tren!
- ¿y qué le vamos a hacer?

Una vez en la cama:
- ¡Mamá mira! ¡Los cepillos!
- (Todos) ¡Dónde!
- Aquí, ¡en la otra casa!