Catalina se despertó sobresaltada, sentía sus ojos
brillantes en la oscuridad de la noche. Su respiración acelerada rompía el
silencio sosegado que la rodeaba. Apartó una mano temblorosa la cálida colcha
que la envolvía y sus pies descalzos tocaron las frías baldosas de piedra. Su
suave camisón cayó elegante tapando sus rodillas y su larga melena corrió al
abrigo de sus hombros.
Se acercó a la ventana, se sentía confusa, dudando de cuánto
de lo que tenía en la mente era real y cuánto lo había soñado. Miró al vasto y
frondoso bosque de coníferas que se extendía hacia el horizonte. Una luna
brillante y decreciente coronaba un cielo palpitante de estrellas, y una
agradable brisa revolvía sus rizos.
Se sentó en la piedra gris del alfeizar de la ventana,
y mirando los reflejos de plata que la luna dibujaba en las picudas copas de
los árboles, y proyectando con fuerza sus rayos en su delicada figura. Pero su mente estaba lejos, muy lejos.
La tranquilidad de la noche la envolvía, calando hondo, nutriéndola con su onírica melodía, invitándola a soñar. Un gato cruzó la explanada de hierba dirigiéndose al bosque, y mientras ella le seguía con la mirada pensaba en cómo podría lograr hacerle partícipe de cuanto sentía. Sabía lo que quería, pero lograrlo no sólo dependía de ella.
Catalina se agarró entonces a la robusta buganvilla que cubría en un abrazo fucsia la fachada principal. Muy lentamente comenzó el descenso hacia el embriagador perfume color salmón de los rosales.
Comenzó la marcha con paso pausado hacia el magnético misterio de los abetos, apoyando el blanco de su piel sobre la tierra húmeda y negra. Y caminando, sumida en sus pensamientos, se dejó llevar acariciando sus ramas, aspirando su aire con fuerza, esquivando sus piñas esparcidas por el suelo, adentrándose hacia el estanque.
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