martes, 22 de octubre de 2013

Sueños (II Parte)

En honor a Sara:
 
Numerosos ruidos acompañaban a Catalina, el crujir de las ramas, en canto lejano de algún grillo, la llamada de aviso de un ave nocturna. Varios pares de ojos seguían vigilantes sus pasos suaves, delicados hacia interior salvaje de la oscuridad.
 
Recordaba a su amiga Clara, a la felicidad que embriagaba. Parecía que todo le fuera bien, como un milagro que rompe en su vida, un rayo ardiente que llena de luz un tenebroso pasado llenándolo de sentido y alegría, marchitando las horas tristes, refulgiendo de color y optimismo, provocando que en adelante ya nada más pueda salir mal... Pero no, no podía enviarla, solo desearle que su felicidad durase, o incluso creciese con el paso de los años. Sonrió.

Tal vez, como otras muchas veces, también a ella le sucediese su milagro, y su situación se arreglara sin avisar, disipando sus dudas, sus miedos... como ella solía decir, "cuando Dios cierra una ventana abre una puerta". Porque, decía, nosotros nos empeñamos en permanecer asomados a la ventana, por donde entra la luz, por donde podemos ver todo lo que hay, con sus formas, sus figuras, sus colores y contrastes. por eso nos duele cuando la ventana se cierra... y en nuestra queja, en nuestro no querer mirar más allá de las contraventanas que ahora ocultan la luminosidad que tanto admirábamos, no nos damos cuenta de que detrás de nosotros se ha abierto la puerta, que no solo nos deja ver, también oler, tocar, oír, sentir la brisa y el ardor del sol, el zumbido de los insectos, tocar la suavidad de los pétalos de cada flor o la humedad del rocío brillando sobre el césped, el olor a tierra mojada o a césped recién cortado.

Tal vez.

Siguió caminando, pensando en su porvenir, desconocido, oscuro, siniestro, quizás una nueva oportunidad. Mientras, la luz de plata, resbalaba en cascadas caprichosas perfilando sus rizos. La humedad del ambiente refrescaba la noche. El blanco de su camisón destacaba de entre los troncos oscuros con un brillo mortecino, haciendo de su paso un paseo espectral, elegante, dulce, como el de una ninfa solitaria.

Llegó al estanque y se sentó bajo un joven sauce, nacido tras una roca de granito, solitario y único, rodeado de vetustos y frondosos robles. Se quedó mirando su reflejo ligeramente distorsionado, interrumpido intermitente por las hojas oscuras que flotaban en la superficie del agua.

Una suave brisa le revolvió el pelo y un escalofrío le recorrió la espalda, poniéndola en tensión y dejándola tras de sí los pelos de punta. Levantó la cabeza y miró al horizonte. Allí a lo lejos, podía ver su casa de piedra, y su torre queriendo asomarse por encima del bosque que les separaba. Una música dulce y vibrante, de un viejo violín misterioso, resonaba en su cabeza, cuando el sol comenzó a teñir el cielo de color añil avisando de la proximidad del nuevo amanecer.