lunes, 4 de noviembre de 2013

Carta al director

En una noche de desvelos encontré su carta. El borrador de una respuesta, escrita muchos meses atrás, con tinta desgarrada, enormemente decepcionada, eternamente inacabada: su carta al director. Jamás pude obtener su permiso para publicarla. Aquí la dejo:


"¿Y ya está? ¿De verdad se acabó? ¿Ya no hay más? Entonces... ¿Por qué? No lo entiendo.

Esto no estaba previsto... ¿De verdad no hay segunda parte? Pero... si la historia era divertida, interesante, ¡a la gente le gustaba! ¡Eras la estrella! ¡Eras capaz de derretir un iceberg! ¡De embriagar, de envenenar! ¡Eras capaz de invadir hasta los sueños! Y tú hiciste que eso fuera así... Iría al fin del mundo a seguir rodando cuanto acaba de empezar...

Es una historia que prometía larga, intensa, profunda, exquisita. Tú escribiste el guión, tú lo dirigiste, y lo protagonizaste, ¿qué te ha pasado, que no has sabido acabar lo que ya ha comenzado? ¿Por qué falló la magia? ¿Perdiste acaso el interés? ¿Te rendiste? Luego, ¿eres cobarde? No se debería empezar algo que no se vaya a terminar.

Podías hacer lo que quisieras, imaginación y estilo no te han faltado jamás. Tienes madera de artista... ¿O es que olvidaste que una obra así, tan grande, hay que compartirla, que uno solo no puede? ¿O es una decepción? ¿Algo que no te ha llegado a convencer? ¿Alguna sorpresa? ¿Se apagó la inspiración?

¡Vuelve! Toma el lápiz, arregla el borrador. Piensa en imágenes, la puesta en escena, retoca la iluminación. La historia... ¿cómo empezó? ¡Recuerda! ¿Qué soñabas? ¿Qué final deseabas? Igual necesitas tiempo. Descansa, y piensa. ¿Igual la banda sonora se quedó corta? ¡Aún se puede arreglar! Basta tu risa para suplir las carencias... Será así mucho más bella, más sincera, más acorde"
 

martes, 22 de octubre de 2013

Sueños (II Parte)

En honor a Sara:
 
Numerosos ruidos acompañaban a Catalina, el crujir de las ramas, en canto lejano de algún grillo, la llamada de aviso de un ave nocturna. Varios pares de ojos seguían vigilantes sus pasos suaves, delicados hacia interior salvaje de la oscuridad.
 
Recordaba a su amiga Clara, a la felicidad que embriagaba. Parecía que todo le fuera bien, como un milagro que rompe en su vida, un rayo ardiente que llena de luz un tenebroso pasado llenándolo de sentido y alegría, marchitando las horas tristes, refulgiendo de color y optimismo, provocando que en adelante ya nada más pueda salir mal... Pero no, no podía enviarla, solo desearle que su felicidad durase, o incluso creciese con el paso de los años. Sonrió.

Tal vez, como otras muchas veces, también a ella le sucediese su milagro, y su situación se arreglara sin avisar, disipando sus dudas, sus miedos... como ella solía decir, "cuando Dios cierra una ventana abre una puerta". Porque, decía, nosotros nos empeñamos en permanecer asomados a la ventana, por donde entra la luz, por donde podemos ver todo lo que hay, con sus formas, sus figuras, sus colores y contrastes. por eso nos duele cuando la ventana se cierra... y en nuestra queja, en nuestro no querer mirar más allá de las contraventanas que ahora ocultan la luminosidad que tanto admirábamos, no nos damos cuenta de que detrás de nosotros se ha abierto la puerta, que no solo nos deja ver, también oler, tocar, oír, sentir la brisa y el ardor del sol, el zumbido de los insectos, tocar la suavidad de los pétalos de cada flor o la humedad del rocío brillando sobre el césped, el olor a tierra mojada o a césped recién cortado.

Tal vez.

Siguió caminando, pensando en su porvenir, desconocido, oscuro, siniestro, quizás una nueva oportunidad. Mientras, la luz de plata, resbalaba en cascadas caprichosas perfilando sus rizos. La humedad del ambiente refrescaba la noche. El blanco de su camisón destacaba de entre los troncos oscuros con un brillo mortecino, haciendo de su paso un paseo espectral, elegante, dulce, como el de una ninfa solitaria.

Llegó al estanque y se sentó bajo un joven sauce, nacido tras una roca de granito, solitario y único, rodeado de vetustos y frondosos robles. Se quedó mirando su reflejo ligeramente distorsionado, interrumpido intermitente por las hojas oscuras que flotaban en la superficie del agua.

Una suave brisa le revolvió el pelo y un escalofrío le recorrió la espalda, poniéndola en tensión y dejándola tras de sí los pelos de punta. Levantó la cabeza y miró al horizonte. Allí a lo lejos, podía ver su casa de piedra, y su torre queriendo asomarse por encima del bosque que les separaba. Una música dulce y vibrante, de un viejo violín misterioso, resonaba en su cabeza, cuando el sol comenzó a teñir el cielo de color añil avisando de la proximidad del nuevo amanecer.
 

martes, 24 de septiembre de 2013

Sueños


Catalina se despertó sobresaltada, sentía sus ojos brillantes en la oscuridad de la noche. Su respiración acelerada rompía el silencio sosegado que la rodeaba. Apartó una mano temblorosa la cálida colcha que la envolvía y sus pies descalzos tocaron las frías baldosas de piedra. Su suave camisón cayó elegante tapando sus rodillas y su larga melena corrió al abrigo de sus hombros.
Se acercó a la ventana, se sentía confusa, dudando de cuánto de lo que tenía en la mente era real y cuánto lo había soñado. Miró al vasto y frondoso bosque de coníferas que se extendía hacia el horizonte. Una luna brillante y decreciente coronaba un cielo palpitante de estrellas, y una agradable brisa revolvía sus rizos.
Se sentó en la piedra gris del alfeizar de la ventana, y mirando los reflejos de plata que la luna dibujaba en las picudas copas de los árboles, y proyectando con fuerza sus rayos en su delicada figura. Pero su mente estaba lejos, muy lejos.
 
La tranquilidad de la noche la envolvía, calando hondo, nutriéndola con su onírica melodía, invitándola a soñar. Un gato cruzó la explanada de hierba dirigiéndose al bosque, y mientras ella le seguía con la mirada pensaba en cómo podría lograr hacerle partícipe de cuanto sentía. Sabía lo que quería, pero lograrlo no sólo dependía de ella.
 
Catalina se agarró entonces a la robusta buganvilla que cubría en un abrazo fucsia la fachada principal. Muy lentamente comenzó el descenso hacia el embriagador perfume color salmón de los rosales.
 
Comenzó la marcha con paso pausado hacia el magnético misterio de los abetos, apoyando el blanco de su piel sobre la tierra húmeda y negra. Y caminando, sumida en sus pensamientos, se dejó llevar  acariciando sus ramas, aspirando su aire con fuerza, esquivando sus piñas esparcidas por el suelo, adentrándose hacia el estanque.


viernes, 12 de abril de 2013

S.P.A. (Siempre Pasa Algo) - II Parte

Para variar hay cola y cantando a gritos hacemos presión para que salgan las de segundo y Carmen, la encargada de la cocina, con su voz gastada de tanto fumar, nos consigue echar del comedor y, satisfecha, se da la vuelta y después cierra la puerta. Callandito y cargada con la tarteras de la “Elenas”, Teté, “Livus”, “Chito”, “Jack”, y “Dobby” me meto dentro y voy metiendo la comida de las ocho en los microondas.
Mientras espero le pido a una niña unas cerezas y…
- ¡Cecilia! Sal del comedor ahora mismo, ¿acaso no te acabo de echar? -Me dice una pera voz cerca de la oreja.
- Sí Carmen, ya me iba.
Salgo al pasillo triunfante sin las tarteras entre los vivas de las “Elenas”, y al rato, con la comida ya caliente nos sentamos en la mesa del centro para poder coger más pan. Como cada día “Chito” le pone pucheritos a “Dobby” que sonriendo le saca el plato ardiente del micro porque, curiosamente nunca se quema las manos. “Livus” nos cuenta entre onomatopeyas las últimas novedades pero en nada nos tenemos que ir porque nos echan las de cuarto.

El rato que nos queda antes de que empiecen las clases, nos vamos al baño, y allí me quito el jersey. Entonces aparece Pilar, la profe de física y química, y nos echa al recreo, pero como está prohibido tomar el sol, nos vamos a escondernos por separado. Antes de que se dé cuenta me voy con “Dobby” escaleras arriba al laboratorio, y allí liberamos la tensión riendo a carcajadas víctimas de un pavo tremendo.

De vuelta a clase, otra vez con Marité, me dispongo a sacar el libro de la taquilla donde veo una foto de la peli “Buscando a Nemo”. Marité comienza a explicar la importancia de la geografía (un tema nuevo) y aprovechando, me inclino hacia “Dobby”, que está a mi lado:
- ¿Sabes donde vive Nemo? –Maritó, que también se sienta su lado, me ha oído y suelta una inaudible risita nerviosa.
- ¡¡Qué!!
- ¡Que si sabes donde vive Nemo!
“Dobby”, alucinada, va a los mapas del final del libro y me dice “por aquí” señalando a Australia. Marité mira primero a María, y después a nosotras dos, y pregunta:
- ¿Qué ocurre por ahí? -¡Maldición! Esta mujer se entera de todo- Tal vez sería conveniente que compartieras tus conocimientos con toda la clase.
“Dobby”, roja de vergüenza, dice que yo le he preguntado una cosa, y yo se lo tengo que decir.
- Le he preguntado que donde vive Nemo… -Sus ojos se abren como platos.
- Muy bien, para el lunes tenéis que buscarme exactamente donde vive Nemo, y si no lo hacéis, tenéis un cero las dos.
Se reanuda la clase tras casi diez minutos de risas y yo, todavía roja acabo mis ovejas.
¿Cuándo acabara la clase? Pensando en tonterías e inconscientemente me coloco el boli en equilibrio sobre la montura de las gafas.
- Cecilia hija, ¿se puede saber qué haces con el boli en la cara? -Me apresuro a quitármelo- No, no te lo quites, -dice aguantándose la risa- pero como se te caiga, tienes un cero.
Mientras la clase estalla de nuevo en risotadas intento que o se me caiga, pero al acercar la mano se me cae el dichoso “BIC” de las patillas.
- ¡Enhorabuena! Tienes un cero –Dice sumándose al creciente murmullo de voces y risas.
Cuando acaba la clase, aparece Pilar en la puerta con mi jersey en la mano y al dármelo descubre mi apaño matutino con la camiseta, ante lo cual Marité sale de clase a carcajada limpia, tapándose la boca con la mano y la cara con sus rizos.

¡Gracias a Dios que hoy es viernes y acabamos el colegio una hora antes!

lunes, 8 de abril de 2013

S.P.A. (Siempre Pasa Algo) - I Parte

Ha sonado el despertador pero no me apetece levantarme tan temprano, ¿no es ya fin de semana? Mis hermanas ya están en la cola de la ducha, ¡que pesadas! anda que no son raras... para un día que tienen para dormir y ya se ponen a correr...
- ¡Ceci! te he dicho mil veces que te levantes, ¿es que no me oyes? hace ya un buen rato que sonó el despertador -Me dice Teresa. Pero me da igual, la ignoro y me hago la dormida: yo quiero dormir un rato más. Se acerca y me mira (no se cree que este dormida), y me pregunta con retintín- ¿Qué pasa, no te apetece ir al cole?

¡Horror! Es verdad, ¡aún es viernes!, ¿es que no se acaba nunca la semana? Me levanto de la cama derrapando y busco la falda del uniforme abandonada en algún rincón de la habitación el día anterior.
¡Mamá! ¿Sabes donde están mis calcetines?
¡Donde los hayas dejado! ¡Haz el favor de darte prisa!
- Menuda ayuda -Me lamento. Odio que me diga eso.-  Mamá, no están, no voy al cole.
- Cógele un par a Cons.
- ¿Y el polo?
- Pues si no lo echaste ayer a lavar, están sucios, pide uno a tus hermanas.
- Yo tengo uno… Mira a ver si cabes dentro. -Me dice la pequeña.
- Ja, ja -Le digo de malo modos, y se lo quito de las manos.

Me lo pongo, pero me queda muy corto, voy con la tripa al aire. Solución de emergencia: me pongo encima una camiseta y listo. Como no, se oye el “vámonos” de mama, ¡y yo no me he hecho la mochila! Corriendo lo meto todo, sin pensar, y me voy. Como cada día comienza la ruta que nos coloca a los cinco hermanos a nuestro cole correspondiente (Los tres mayores van en el otro coche a la facultad).

Otra vez llego tarde, y la de mates me saluda con cara de malas pulgas y me dice “a ver si algún día llegamos pronto”… ¡que se venga a mi casa algún día! La clase había comenzado hacía 10 minutos y… ¡con examen! Por supuesto, no he estudiado nada.

A segunda hora tenemos Lengua… La pobre Rosa, ¡es tan buena! Después del juego de “la paella” de ayer y todavía viene, nos sonríe y dice:
- Tengo una sorpresa. Para que nos quede bien grabado en la mente lo que es un cuento y lo que es una narración, vamos a ver la película de “Shrek” y luego me haréis una pequeña narración especificando las características de los cuentos populares y nombraréis los que vienen especificados en ella. Me lo entregaréis al día siguiente de haberla visto, y atención Cecilia, a mano y en la hora de clase, antes de empezar con la literatura del siglo XV.
Cojo mi silla y me instalo al lado del cañón corriendo para que no me quiten el sitio, que si no, tendré que sacar la gafas que, además están sucias.

¡El timbre! Es decir: ¡RECREO! Voy en busca de la “Elenas” y nos vamos a la puerta de las de primero para gorronear algo de comer (hoy no he desayunado). Al salir al patio una masa de pelo gigante nos pasa por delante: Frodo, el perro del colegio. Todas las enanas se echan para atrás muertas de miedo, ¡Serán tontas!
Nos metemos todas en el callejón, donde no nos ven las profesoras y donde nos alcanza un débil rayo de sol que aun sin fuerza procura calentarnos las rodillas mientras “Dobby” nos cuenta sus, por decirlo de alguna manera, amores imposibles.

De vuelta a clase llega Marité y nos cuenta de los mandamientos, ¡Lo mismo de todos los años! Me pongo a dibujar ovejitas en un trozo de papel. Detrás de mí, “Dobby” le está haciendo un dibujo a Adri, unas vacas monísimas para que las ponga en su carpeta, pero claro, Marité la pilla, y le confisca la obra de arte. Según transcurre la clase se va dando cuenta de que la mitad de la misma no se los sabe…
…y se supone que este año os confirmáis. Por favor, que levante la mano la que se los sepa, y un cero a la que no.
Entonces, yo me pongo de pie sin vaciar y sin levantar la vista de mi oveja. De repente toda la clase estalla en carcajadas. Miro a mi alrededor y veo a toda la clase sentada, Mar con la mano levantada, muy seria, y Marité roja como un tomate, agarrada a la mesa y con la otra mano tapándose la boca. Rápidamente me siento, escondo las ovejas, y me río también de lo absurdo de la situación.

Después tenemos tecnología, toca ordenadores. Busco a Teté con la mirada y nos ponemos juntas. De repente Maica nos Mira y dice:
Cecilia, creo haberte castigado para lo que queda de curso lejos de la señorita Muñoz, ponte conmigo aquí delante.
Menos mal que las “Elenas” no están por la labor y desenchufan la pantalla. Consecuencia: Rosa, la otra profesora, se pasa toda la hora intentando averiguar que le ocurre al ordenador, y por supuesto, acabo haciendo pareja con Teresa.
Al finalizar la clase se lamenta de que “tendré que volver a llamar al técnico, aunque luego siempre dice que no les pasa nada…” Con disimulo, y para su asombro Elena Gómez pasa por detrás y coloca el cable, resolviéndose así todo el problema. Yo le paso el disco con el trabajo terminado (gracias a Teté) y juntas bajamos a comer.

viernes, 8 de marzo de 2013

Mira Ana

Mira Ana, ya llega la primavera. ¿No ves ese césped? ¡Que verde está! Parece una alfombra nueva. ¿No dan ganas de echarse en él? Aquellas nubes de algodón, que se alejan, rápido, en pelotón, y no quieren dejar de correr. Y esa ardilla que da un brinco hasta el roble, tan fuerte, y tan noble. Primero se esconde, luego sigue con ahínco saltando por el camino. Y esa margarita, tan pequeña, y tan pura que rompe la superficie de la pradera, con dulzura, en su afán madrugador… ¡Y qué hermosura! una pequeña proeza, digna de mucho valor.

Mira Ana, ahí está tu chopo, aun con frío y sin abrigo, que estira sus brazos desnudos al abrazo del calor. Fíjate, está echando sus primeras yemas, y allí se asoma un brote, una primera hoja que nace tierna, esmeralda y brillante. ¿No es impresionante? Y mira aquel tilo de allá, que ya comienza a desprender ese olor tan penetrante, tan dulce y agradable.

Mira Ana, se ven sombras que surcan el cielo, son las golondrinas que ya vuelven a casa, a poblar los rincones, a disfrutar tu sonrisa. Llegan a llenar de alegría los campos y llenar con sus cantos las cornisas. Traen destellos de parajes, que risueños traen de viaje.

Mira Ana, ¿no ves a los días más largos, no ves como llega el calor? El sol calienta más y me alienta, y despierta a la fauna somnolienta. ¿Será por eso que salen las lagartijas a ver? ¿Qué será lo que van a contemplar? Esas rosetas han empezado a estirar, ¡Qué rápido van! Casi las oigo crecer.

Mira Ana, ¿ves a la gente reír? ¿Oyes las niñas jugar? ¿Ves a los chicos correr? ¿No ves como el gorrión regala un bichito a su amor? Allá esta aquel anciano, que se estira la camisa y se sienta a la sombra de un castaño, es aquel que antaño paseaba con Marisa de la mano.

Mira Ana, está la tierra mojada, y trae la brisa el perfume que delata un arco iris que adivino justo detrás de ese pino. No te creas que me olvido de ese caracol que, de tan tímido, casi no se ha movido, desde que llegara yo. Y aquí, junto al camino, un charco que salpica al aire divertido; con deleite y entre risas, chapotean varias botas, llenando todo con su brillo, mil gotas esparcidas.

Mira Ana, todo cuanto una espera al final nos llega. Tú llorabas esa noche, no te sentías querida, y buscabas en todas partes una sonrisa perdida, un sueño, un fruto de cuanto sembraste a lo largo de tu vida. Buscabas un rayo que fuera capaz de fundir el hielo de aquellos de dura cerviz, añorando tiempos mejores, buscando entre las flores de tu infancia un arma poderosa, que llenara tu futuro con una historia, con un bagaje feliz, con un final de perdiz.


Mira Ana, ya llega la primavera. Los niños salen felices de la escuela. El cielo se tiñe con colores de acuarela, hace nudos con sus manos la grandiosa madreselva, y entorpece mis pasos una fiebre que envenena… Todo cuanto me rodea deja ya la penitencia, y se viste preparada para la pascua venidera. ¿Donde estas Ana querida, donde estas que estoy perdido? ¿Donde estas que me intoxico sin tu aire colorido, si me falta tu pelo recogido y si no veo tu sonrisa contenida, ni el roce de tu vestido? Vuelve a tu juventud alegre, llena de esperanza tu presente, confía en aquel que nunca miente, y tu día a día, se paciente.



Tree in Flower near Vetheuil. Claude Monet 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Viviendo de recuerdos

Y allí estaba ella, recostada, con su suave cabellera rubia regándole los hombros, cayendo por la espalda, en su viejo bucatón, gastado por los años, lleno de recuerdos y de historias retenidas en cada uno de sus enganchones y agujeros. Pretendía estar leyendo una novela, fresca, jovial, divertida... Pero ella se encontraba sumida en su mundo interior. Sus ojos recorrían las letras, veían palabras, pero no entendían los conceptos. Una y otra vez repasaban sus ojos aquel mismo párrafo, escrito en letra grande, con tinta muy negra, muy brillante sobre el blanco mate del papel.
El negro de la tinta se fundía con sus pupilas, que veían en cada trazo un recuerdo, una historia, una ausencia.
Sus manos descansaban sobre su regazo, sobre esa falda que tanto le gustaba que se pusiera, y que lucía también comida por el tiempo.
En la mesa una vela, una lámpara antigua, un tapete de encaje de Bruselas, una foto de un verano en bicicleta en una playa de levante. Una pluma que descansa sobre un una bandeja de plata, con dos iniciales grabadas.
En su mente, mil paseos, melodías, un piano, una armónica, una sonrisa silbando sonatas, un chaleco de cuadros, una mano fuerte, unos pastos, la montaña, cataratas, el océano, unos ojos, América, África, España, Madrid. Un brazo tostado al sol, cuentos, cartas, poemas, teatro, sorpresas, canicas, amor, lluvia y sol, una camisa blanca de lino, cine, fuegos, calor, bordados...
Entonces sonaron las campanadas de aquel reloj de pared, de color caoba, con un péndulo dorado, y una llave pequeña, muy labrada que dormitaba en su interior. Mientras sonaban, lentas, exactas, profundas, ella despertaba. Despacio, levantó la cabeza y miró por la ventana, al atardecer de un día soleado.
Sus manos temblaban, sus piernas pesaban, su pelo blanco, muy limpio, enmarcaba un rostro que presumía de experiencia, de sabiduría, de paciencia, y de alegría. Un cuerpo cansado y desgastado por su amor, por su entrega: feliz.

lunes, 18 de febrero de 2013

Una mañana de sábado


Abro los ojos y miro alrededor, la habitación aún se ve sumida en la penumbra, aún los rayos del sol no han comenzado a perfilar la silueta de los muebles filtrándose por la ventana. Hace frío, me acurruco dentro de la cama, cubriéndome con la manta. Aquella manta que una vez fue suave, grande y azul, y hoy se torna grisácea y áspera al tacto. Permanezco allí, arropada bajo el abrigo que una vez dio calor a mi madre cuando su cocinita de madera invadía su habitación con el aroma de unos excelentes cafés que humeaban permanentemente sobre aquel juego de té, tan fino, tan exquisito y elegante, como ninguna niña pudiera soñar.
Hoy es sábado, el primero del mes, cuando los días son todavía cortos, y las noches tan oscuras predominan en el tiempo. Parece que el tiempo se haya detenido, tanto silencio, tanta paz, invita a pensar, a soñar, a volar con la imaginación, y yo me abandono y me pierdo, con ganas de que el sueño me arranque de la realidad, para vivir otra vida... Cuanto más absurda, mejor.
Poco a poco mis ojos se van adaptando a oscuridad, al tiempo que ésta, se va marchitando con el primer albor. Se oye el piar de cientos de pájaros que reclaman ser atendidos predilectamente por sus madres en detrimento de sus hermanos. Trato de imaginarlos estirando los cuellos, abriendo las bocas, tan grandes, que hacen desaparecer esos ojillos que desaparecen detrás de un amarillísimo pico de goma... Y sonrío. Entonces me estiro y me levanto, ya empieza el movimiento en casa, los desfiles hacia el baño, el arrastrar de varios pares de pies descalzos por el pasillo, las canciones entre dientes, inconexas, que se solapan creando un alegre murmullo como el de las abejas que trabajan en el jardín cada primavera.
Me pongo las zapatillas y me envuelvo en ese grueso jersey de lana que me ajusta a la cintura y salgo a la luz brillante del pasillo que hace que los ojos se hagan tan increíblemente pequeños como para ser capaces de apreciar algo más que manchas de luz y de color que surgen de todos lados. De camino a la cocina un rostro somnoliento me desea unos buenos días y me esquiva para repasar el camino que yo había marcado hasta llegar al calor perfumado que desprende mesa del desayuno. Se oyen las noticias en la radio, y las melodías de los dibujos animados en el salón. Mientras aspiro el olor del crujiente pan tostado, busco la taza de loza que habrá de contener un magnífico colacao caliente, pero mi mente permanece muy ajena a toda esta realidad...
Según avanzan los acontecimientos y mis ojos se van adaptando a la claridad matutina que desafía a cualquier pronóstico, mi mente empieza a divagar, ajena a toda realidad, olvidando que el día comenzó gris, dibujando una silenciosa, y discreta sonrisa en mis labios, y en mis ojos… porque ahí estás tú, otra vez, con tu provocadora media sonrisa, con tu mirada de complicidad, de aprecio, exponiéndome mil historias, y ahí estoy yo, deleitada escuchando tus palabras que me atraviesan el juicio.
Hay movimiento a mi alrededor, pero yo continuo sentada, muy lejos de aquí, en un banco, en una noche de abril. Nos reímos, tenemos una conversación muy interesante, donde yo te parezco inteligente, donde tú me confirmas que eres impresionante.
Miro el fondo de mi taza, y veo un esbozo de color que pretende reflejar de forma irregular mi rostro, y con las dos manos rodeo su cuerpo caliente sintiendo en cada dedo el ardor de sus entrañas, y apuro en seguida el último trago dulce que concluye mi desayuno.