Este cuento creció conmigo durante años, mi madre lo inventó y nos lo contaba de vez en cuando. Pero un día lo quise transcribir añadiendo mucho de mi propia cosecha, para que jamás se nos olvidara... Pero eso sí, con final alternativo muy retocado. Tenía entonces diez años, os lo dejo tal cual:
Luis era muy simpático, alto, fuerte, tenía los ojos azules y el pelo muy negro. También era muy estudioso y trabajador. A Luis le encantaba montar en bicicleta y patinar con sus amigos, Juan, Pedro y Enrique.
Alberto también era simpático y divertido, y al igual que su hermano tenía los ojos azules y el pelo negro. también sacaba buenas notas, pero no era tan trabajador, prefería jugar.
Su madre era bajita, Rubia, trabajadora, y de ojos azules. Ella siempre estaba contenta y feliz. Le encantaba, sobre todo, hablar por teléfono (cuando se enganchaba no había quien la descolgase).
Su padre era alto, de pelo negro, un poco despistado y de ojos castaños. A él le encantaba gastar bromas, pero más que nada, ver la televisión.El abuelo era alto, canoso, miope y de ojos verdes. A él, lo que más le gustaba era arreglar cosas, pero le gustaba aún más ir de compras (compraba cosas aunque no fueran necesarias).
A decir verdad, toda la familia tenía algo en común.
A medida que se acercaba el cumpleaños de Luis, el abuelo estaba más nervioso. "¿Qué le podría yo regalar?", se preguntaba. Después de mucho pensar, decidió que lo mejor era comprar algo práctico: unos zapatos.
Esa mañana el abuelo se levantó muy pronto para poder comprar unos zapatos azules para el colegio, porque si no, no le daría tiempo a llevárselos por la tarde.
En los grandes almacenes vendían muchos zapatos, pero ninguno valía. De vuelta a casa el abuelo vio una tienda de zapatos que se llamaba "Doña Zapatilla". Allí el abuelo vio los zapatos que él quería, y los compró.
Aquella tarde Luis recibió muchos regalos: Coches, peluches, patines nuevos, huchas... pero se disgustó cuando el abuelo le dio los zapatos. Él no quería zapatos. Lo que realmente quería eran los juguetes. Así que cogió los zapatos, se los probó para enseñárselos a su madre, se los quitó, los guardó en la caja y ésta fue a parar al armario.El resto del día lo pasó en grande con sus amigos y familiares en el salón, pero sin parar de pensar en los zapatos. ¿Habría sido demasiado grosero? Puede que le quedaran muy bien. ¿Se los tendría que poner para demostrar que le habían gustado? ¿Qué podría hacer?
Luis pronto dejó de bailar con la música a tope, jugar con los coches nuevos y patinar y empezó a pensar en el abuelo: "Estará muy triste", se dijo, "voy a ponerme los zapatos, o mejor aún, le digo que me los voy a poner mañana para ir al cole".
Y así lo hizo, se lo dijo y se apuntó en el calendario: "estrenar zapatos". El resto del día se le pasó volando. Aquella noche sacó los zapatos de la caja y se los quedó mirando. Al poco rato tuvo una corta visión que ni siquiera supo si lo fue, pero un zapato ¡le guiño el ojo!
Al día siguiente, Luis se vistió, se calzó los zapatos nuevos, se lavó, se peinó y desayunó rápidamente para llegar pronto al cole.
Luis de pronto se acordó del guiño de ojo que le había hecho el zapato y pensó: "Estos zapatos están embrujados, me los voy a quitar". Pero por otro lado pensó: "no me los puedo quitar, se lo prometí al abuelo".
Como Luis tenía muy cerca el colegio siempre iba andando, pero esta vez estaba a punto de llegar tarde, así que echó a correr a toda velocidad. Incluso corría más que nunca lo había hecho. Se miró los zapatos. "¿Será por ellos?", pensó.
Entonces vio un par de ojos, una pequeña nariz y una boca grande en cada zapato. Es increíble, pero cierto.
Luis estaba desconcertado. Nunca había visto cosas semejantes: "¡Realmente son mágicos!" dijo. Llegó tan pronto al colegio que ni lo habían abierto todavía. Pronto dejó de tenerles miedo y empezó a tenerles cariño, así que se los puso cada día a todas horas. Gracias a ellos ganaba todas las carreras y era el mejor jugando al fútbol y al pilla-pilla.
Al cabo de un tiempo, Luis se dio cuenta de que se le estaban quedando pequeños. ¿Qué podría hacer? Como se le quedaran pequeños serían para Alberto. Se lo tenía que decir a sus padres.
Luis no dejaba en paz a sus padres, porque no le hacían caso. Resulta que les daba igual que fueran para Alberto. Luis se fue a la cama muy triste porque ya casi no le valían.
Alberto estaba contentísimo, pues los zapatos mágicos serían para él. Con esos pensamientos se quedó dormido. Luis en cambio no podía dormir: ¡estaba tan triste el pobre!Los padres al final se compadecieron de él y buscaron una forma de ayudarle. Aunque Luis seguía triste trataba de ocultarlo porque sabía que le iban a ayudar.
El padre de Luis tuvo una gran idea: podrían estirar los zapatos y así crecerían. Probaron a estirar los zapatos y los llevaron a un zapatero y allí los estiraron, pero no consiguieron nada: los zapatos seguían del mismo tamaño.
Entonces la madre tuvo otra idea mejor: darían de comer a los zapatos, y así crecerían, ¡como todo el mundo! A día siguiente probaron la idea de la Madre. Alberto estaba muy feliz: "ayer no consiguieron nada, y hoy seguro que tampoco", porque los zapatos no comían. Pero aún así lo intentaron. La madre hizo más macarrones de lo normal y se los dieron a los zapatos, que no dejaban de remirarlos.
De pronto los padres tienen una gran idea: Llamarían al abuelo. "Él lo puede arreglar todo, seguro que tiene una gran idea para esta situación" dijeron. Todos pensaron que era una gran idea y llamaron. De repente saltó el contestador. ¿Qué iban a poder hacer ahora?
Al cabo de un rato sonó el timbre. ¿Quién sería a esas horas? Fueron a abrir rápidamente, no querían hacer esperar a quien quiera que estuviese al otro lado de la puerta... ¡Era el abuelo! que alegría para toda la familia.
Al abuelo le contaron lo sucedido y se puso a reflexionar en silencio unos instantes y... ¡Ya sabía que era lo que había que hacer! "hay que alimentar a los zapatos con betún" dijo. Cuando se lo dieron a los zapatos, estos sonrieron de felicidad. ¡Se estaban relamiendo!
Los zapatos habían comido y dormido tanto que en dos días habían crecido dos centímetros otra vez le valían a Luis, ¡qué bien!
Alberto también se había hecho amigo de los zapatos, y aunque él no se los ponía nunca, había prometido que lo fines de semana, y días festivos, sería él el que los lavase, los cepillase y los alimentase.
Toda la familia estaba contentísima, tanto que hasta dieron una fiesta en honor de los zapatos mágicos. Luis está tan contento que le ha pedido a Alberto que les de doble ración de betún. Sus padres dijeron que no les diesen tanto pues e iban a ahogar. Aunque se lo habían dicho mil veces, Alberto les dio más comida de lo normal porque era un día de fiesta.
Los zapatos aprendieron muy pronto a hablar y les contaron una tarde a la familia por qué eran mágicos. "Resulta que una tarde de verano un hada se quedó a dormir dentro de nosotros y se le cayeron los polvos mágicos. En la misma tienda en la que nos compró el abuelo hay unos zapatos idénticos a nosotros, de una talla menor. Si corréis mucho, los podréis comprar para Alberto".
Alberto estaba tan feliz que se le caían las lágrimas. ¡Cómo le había gustado la noticia! Pero los padres dijeron que no iban a comprar más zapatos. Aunque podrían comprárselos por su cumpleaños, que era al día siguiente.
Cuando los padres se fueron a dar su acostumbrado paseo de las tardes compraron los zapatos. ¡Todavía estaban allí!
Al día siguiente cuando se levantó Alberto vio un gran paquete que se movía: Supo en seguida que tenía unos zapatos mágicos nuevos.
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