Y allí estaba ella, recostada, con su suave cabellera rubia regándole los hombros, cayendo por la espalda, en su viejo bucatón, gastado por los años, lleno de recuerdos y de historias retenidas en cada uno de sus enganchones y agujeros. Pretendía estar leyendo una novela, fresca, jovial, divertida... Pero ella se encontraba sumida en su mundo interior. Sus ojos recorrían las letras, veían palabras, pero no entendían los conceptos. Una y otra vez repasaban sus ojos aquel mismo párrafo, escrito en letra grande, con tinta muy negra, muy brillante sobre el blanco mate del papel.
El negro de la tinta se fundía con sus pupilas, que veían en cada trazo un recuerdo, una historia, una ausencia.
Sus manos descansaban sobre su regazo, sobre esa falda que tanto le gustaba que se pusiera, y que lucía también comida por el tiempo.
En la mesa una vela, una lámpara antigua, un tapete de encaje de Bruselas, una foto de un verano en bicicleta en una playa de levante. Una pluma que descansa sobre un una bandeja de plata, con dos iniciales grabadas.
En su mente, mil paseos, melodías, un piano, una armónica, una sonrisa silbando sonatas, un chaleco de cuadros, una mano fuerte, unos pastos, la montaña, cataratas, el océano, unos ojos, América, África, España, Madrid. Un brazo tostado al sol, cuentos, cartas, poemas, teatro, sorpresas, canicas, amor, lluvia y sol, una camisa blanca de lino, cine, fuegos, calor, bordados...
Entonces sonaron las campanadas de aquel reloj de pared, de color caoba, con un péndulo dorado, y una llave pequeña, muy labrada que dormitaba en su interior. Mientras sonaban, lentas, exactas, profundas, ella despertaba. Despacio, levantó la cabeza y miró por la ventana, al atardecer de un día soleado.
Sus manos temblaban, sus piernas pesaban, su pelo blanco, muy limpio, enmarcaba un rostro que presumía de experiencia, de sabiduría, de paciencia, y de alegría. Un cuerpo cansado y desgastado por su amor, por su entrega: feliz.