miércoles, 27 de febrero de 2013

Viviendo de recuerdos

Y allí estaba ella, recostada, con su suave cabellera rubia regándole los hombros, cayendo por la espalda, en su viejo bucatón, gastado por los años, lleno de recuerdos y de historias retenidas en cada uno de sus enganchones y agujeros. Pretendía estar leyendo una novela, fresca, jovial, divertida... Pero ella se encontraba sumida en su mundo interior. Sus ojos recorrían las letras, veían palabras, pero no entendían los conceptos. Una y otra vez repasaban sus ojos aquel mismo párrafo, escrito en letra grande, con tinta muy negra, muy brillante sobre el blanco mate del papel.
El negro de la tinta se fundía con sus pupilas, que veían en cada trazo un recuerdo, una historia, una ausencia.
Sus manos descansaban sobre su regazo, sobre esa falda que tanto le gustaba que se pusiera, y que lucía también comida por el tiempo.
En la mesa una vela, una lámpara antigua, un tapete de encaje de Bruselas, una foto de un verano en bicicleta en una playa de levante. Una pluma que descansa sobre un una bandeja de plata, con dos iniciales grabadas.
En su mente, mil paseos, melodías, un piano, una armónica, una sonrisa silbando sonatas, un chaleco de cuadros, una mano fuerte, unos pastos, la montaña, cataratas, el océano, unos ojos, América, África, España, Madrid. Un brazo tostado al sol, cuentos, cartas, poemas, teatro, sorpresas, canicas, amor, lluvia y sol, una camisa blanca de lino, cine, fuegos, calor, bordados...
Entonces sonaron las campanadas de aquel reloj de pared, de color caoba, con un péndulo dorado, y una llave pequeña, muy labrada que dormitaba en su interior. Mientras sonaban, lentas, exactas, profundas, ella despertaba. Despacio, levantó la cabeza y miró por la ventana, al atardecer de un día soleado.
Sus manos temblaban, sus piernas pesaban, su pelo blanco, muy limpio, enmarcaba un rostro que presumía de experiencia, de sabiduría, de paciencia, y de alegría. Un cuerpo cansado y desgastado por su amor, por su entrega: feliz.

lunes, 18 de febrero de 2013

Una mañana de sábado


Abro los ojos y miro alrededor, la habitación aún se ve sumida en la penumbra, aún los rayos del sol no han comenzado a perfilar la silueta de los muebles filtrándose por la ventana. Hace frío, me acurruco dentro de la cama, cubriéndome con la manta. Aquella manta que una vez fue suave, grande y azul, y hoy se torna grisácea y áspera al tacto. Permanezco allí, arropada bajo el abrigo que una vez dio calor a mi madre cuando su cocinita de madera invadía su habitación con el aroma de unos excelentes cafés que humeaban permanentemente sobre aquel juego de té, tan fino, tan exquisito y elegante, como ninguna niña pudiera soñar.
Hoy es sábado, el primero del mes, cuando los días son todavía cortos, y las noches tan oscuras predominan en el tiempo. Parece que el tiempo se haya detenido, tanto silencio, tanta paz, invita a pensar, a soñar, a volar con la imaginación, y yo me abandono y me pierdo, con ganas de que el sueño me arranque de la realidad, para vivir otra vida... Cuanto más absurda, mejor.
Poco a poco mis ojos se van adaptando a oscuridad, al tiempo que ésta, se va marchitando con el primer albor. Se oye el piar de cientos de pájaros que reclaman ser atendidos predilectamente por sus madres en detrimento de sus hermanos. Trato de imaginarlos estirando los cuellos, abriendo las bocas, tan grandes, que hacen desaparecer esos ojillos que desaparecen detrás de un amarillísimo pico de goma... Y sonrío. Entonces me estiro y me levanto, ya empieza el movimiento en casa, los desfiles hacia el baño, el arrastrar de varios pares de pies descalzos por el pasillo, las canciones entre dientes, inconexas, que se solapan creando un alegre murmullo como el de las abejas que trabajan en el jardín cada primavera.
Me pongo las zapatillas y me envuelvo en ese grueso jersey de lana que me ajusta a la cintura y salgo a la luz brillante del pasillo que hace que los ojos se hagan tan increíblemente pequeños como para ser capaces de apreciar algo más que manchas de luz y de color que surgen de todos lados. De camino a la cocina un rostro somnoliento me desea unos buenos días y me esquiva para repasar el camino que yo había marcado hasta llegar al calor perfumado que desprende mesa del desayuno. Se oyen las noticias en la radio, y las melodías de los dibujos animados en el salón. Mientras aspiro el olor del crujiente pan tostado, busco la taza de loza que habrá de contener un magnífico colacao caliente, pero mi mente permanece muy ajena a toda esta realidad...
Según avanzan los acontecimientos y mis ojos se van adaptando a la claridad matutina que desafía a cualquier pronóstico, mi mente empieza a divagar, ajena a toda realidad, olvidando que el día comenzó gris, dibujando una silenciosa, y discreta sonrisa en mis labios, y en mis ojos… porque ahí estás tú, otra vez, con tu provocadora media sonrisa, con tu mirada de complicidad, de aprecio, exponiéndome mil historias, y ahí estoy yo, deleitada escuchando tus palabras que me atraviesan el juicio.
Hay movimiento a mi alrededor, pero yo continuo sentada, muy lejos de aquí, en un banco, en una noche de abril. Nos reímos, tenemos una conversación muy interesante, donde yo te parezco inteligente, donde tú me confirmas que eres impresionante.
Miro el fondo de mi taza, y veo un esbozo de color que pretende reflejar de forma irregular mi rostro, y con las dos manos rodeo su cuerpo caliente sintiendo en cada dedo el ardor de sus entrañas, y apuro en seguida el último trago dulce que concluye mi desayuno.